La participación también se aprende: ¿cómo fomentar una cultura participativa en las organizaciones?
¿Cómo esperamos que alguien participe si nunca ha tenido la oportunidad de hacerlo?
Imaginemos a una persona que lleva años trabajando en una organización sin que nadie le haya preguntado qué piensa sobre cómo se hacen las cosas.
Un día, la empresa decide abrir un proceso participativo. La reúne con otras personas y le pregunta qué cambiaría, qué mejoraría o qué ideas tiene.
Quizá sepa perfectamente qué cosas no funcionan. Pero le cuesta expresarlo. Necesita tiempo para ordenar sus ideas. O simplemente no se siente cómoda hablando delante de su responsable.
Y puede que, al terminar la sesión, alguien llegue a una conclusión demasiado rápida:
«Es que la gente no participa».
Pero ¿cómo esperamos que alguien participe si nunca ha tenido la oportunidad de hacerlo?
¿POR QUÉ CUESTA PARTICIPAR EN ALGUNAS ORGANIZACIONES?
A veces interpretamos la falta de participación como una cuestión de actitud: hay personas que se implican y otras que no.
Sin embargo, participar también es algo que se aprende y se practica.
Aprendemos a ordenar nuestras ideas, expresarlas, escuchar opiniones diferentes y mostrar nuestro desacuerdo sin sentir que estamos generando un conflicto.
Y, como ocurre con cualquier aprendizaje, necesitamos oportunidades para hacerlo.
Si durante años las decisiones se han tomado sin contar con las personas, no podemos esperar que todo cambie simplemente porque un día abramos un espacio de participación
También influye el contexto. No es lo mismo expresar una opinión en un equipo donde las discrepancias se escuchan que hacerlo en uno donde cuestionar una decisión puede tener consecuencias.
Abrir un espacio para participar no significa necesariamente que las personas se sientan capaces de hacerlo.
NO TODAS LAS PERSONAS PARTICIPAN DE LA MISMA MANERA
Cuando pensamos en participación, muchas veces imaginamos a alguien levantando la mano y compartiendo una idea delante de todo el grupo.
Pero esa es solo una de las muchas formas de participar.
Hay personas que necesitan reflexionar antes de hablar. Otras se expresan mejor por escrito. Algunas se sienten más cómodas conversando en grupos pequeños que interviniendo delante de veinte personas.
Por eso, diseñar un proceso participativo también significa tener en cuenta esas diferencias.
Podemos combinar momentos de reflexión individual, conversaciones en parejas o grupos pequeños y espacios para compartir las aportaciones con el conjunto del equipo.
No se trata de conseguir que todo el mundo intervenga de la misma manera, sino de ofrecer diferentes oportunidades para aportar.
¿CÓMO PODEMOS FOMENTAR LA PARTICIPACIÓN EN LOS EQUIPOS?
Si queremos construir una cultura participativa, no basta con organizar una jornada y preguntar a las personas qué opinan.
Hay algunas condiciones que conviene cuidar:
- Dar tiempo para pensar. No todas las personas tienen una respuesta preparada en el momento en que formulamos una pregunta.
- Ofrecer distintas formas de participar. Hablar, escribir, reflexionar individualmente o conversar en grupos pequeños.
- Crear un entorno de confianza. Poder expresar dudas o desacuerdos sin miedo a las consecuencias.
- Explicar para qué se pide la participación. Qué se va a hacer con las aportaciones y qué decisiones están abiertas.
- Dar continuidad. La participación necesita práctica y oportunidades repetidas, no únicamente momentos puntuales.
Aquí la facilitación puede desempeñar un papel importante: ayudar a diseñar espacios en los que distintas personas puedan aportar y construir juntas, teniendo en cuenta las características y necesidades del grupo.
UNA CULTURA PARTICIPATIVA NO SE CONSTRUYE EN UNA SOLA SESIÓN
A veces ponemos muchas expectativas en el primer espacio de participación que organizamos.
Queremos que las personas hablen, compartan ideas, discrepen y construyan propuestas conjuntamente.
Pero quizá antes necesiten comprobar que sus opiniones se escuchan, que pueden expresar desacuerdos y que participar sirve para algo.
Esa confianza se construye con el tiempo y, sobre todo, con la experiencia.
Porque fomentar la participación no consiste en conseguir que todo el mundo levante la mano.
Consiste en crear las condiciones para que cada persona encuentre su manera de aportar.
Y eso requiere tiempo, práctica y continuidad.